Howard Richards
Professor, Earlham College, Peace and Global Justice Studies

"La paz, la seguridad y la economía cultural"

 

Joanna Swanger (y Howard Richards, en ausencia)—

Buenos Aires y Rosario, Argentina, Junio 2003

 

“La seguridad es indivisible”.  Así declaró Albert Einstein.  Hasta que veamos el verdadero de esto y lo tomemos en serio, y empecemos a actuar con esta verdad, el mundo seguirá padeciendo de la brutalidad de la guerra y del terrorismo, ambos de los cuales, como se ve demasiado claramente en el caso del Medio Oriente, tienden a existir juntos en un círculo vicio.  Realmente, esto es lo que nos dice el terrorista en cada atentado de violencia.  Nos dice: “Uds. no van a ser libres de vivir en paz hasta que nosotros seamos igualmente libres de vivir en paz”.  O sea, la seguridad de uno depende de la seguridad del otro.

 

La causa fundamental de la guerra, así como del terrorismo, es el fracaso humano de construir una cultura de paz, que es una cultura de justicia, que es una cultura que, basada en el reconocimiento que la seguridad es indivisible, trate de incluir a todos. 

 

Un mundo donde la paz sea sustentable es un mundo en que la mayoría de la población global siente un sentimiento de seguridad mucho más profundo de lo que ahora tiene.  Esta seguridad consiste en la sabiduría que nuestras necesidades básicas están siendo satisfechas y que van a seguir siendo satisfechas; y también la certeza que somos parte de una comunidad en la cual nuestras formas de ser se respetan. 

 

Nosotros creemos (ya que estoy hablando también por parte de mi compañero de obra Howard Richards) que la mayoría de los problemas mundiales derivan de la inseguridad que causa el haber organizado nuestras sociedades en maneras que no sean sustentables.  Es decir, la construcción de la cultura de paz atraviesa por obstáculos estructurales, por ejemplo: las estructuras culturales del patriarcado, las estructuras culturales del racismo, y las estructuras culturales de la modernidad, que es definida por los principios comerciales de la propiedad y de la circulación de mercancias.  Es obvio que los primeros dos fenómenos que he mencionado—el patriarcado y el racismo—son estructuras que excluyen.  También es obvio que aunque el patriarcado y el racismo son siendo practicados por muchas partes del mundo, la mayoría de la gente no los aprueba.  Lo que es mucho menos obvio es el hecho de que la modernidad también es una estructura que excluye; sus formas de exclusión no son obvias y por eso reciben una aprobación tácita por la mayoría de gente.

 

Dado que yo doy a entender que si pudieran reconocer que los principios comerciales de la propiedad y de la circulación de mercancias fueran principios que excluyen, no los aprobaría la mayoría de gente, dejenme decir unas palabras sobre el avance moral de nosotros los seres humanos como especie, porque esto también tiene que ver con la cuestiones fundamentales de la paz y de la seguridad. 

 

No fue solamente coincidencia lo que hizo a Einstein declarar la indivisibilidad de la seguridad en 1945.  Este año abrió una nueva etapa en la historia del avance moral de nosotros los seres humanos.  Despertándose de la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial y enfrentando la realidad de la pesadilla mundial que pudieran traer las armas nucleares, muchos países empezaban a hacer un gran esfuerzo para construir un mundo en que no se necesitara recurrir al uso de armas de destrucción masiva.  No sólo se fundaron instituciones dedicadas a fortalecer el derecho internacional sino también muchos países tomaban medidas para reorganizar sus sociedades para que pudieran satisfacerse las necesidades básicas del pueblo.  En algunos casos, sobre todo en Europa, las democracias sociales florecían y sus pueblos prosperaban.  En muchas partes de América Latina, la ideología de nacionalismo económico cedía a una política de desarrollo destinado a responder a las necesidades del pueblo—un ejemplo de esto está en la política de la industrialización manejada por la substitución de géneros importados.  Aún en los Estados Unidos se trataban de resolver los problemas socioeconomicos.  En los 30 años que siguieron al año 1945, Estados Unidos era una sociedad más justa como nunca había sido antes y que no ha sido desde entonces.  En Estados Unidos al igual que en otros países durante esta época, el pueblo demandaba más inclusión en un sistema de respeto mútuo.  Através del mundo en general el resultado de este avance moral era: la fundación de sistemas de seguro social, el crecimiento del movimiento obrero, con los sindicatos ganando legitimidad y ganando más miembros, una expansión de derechos humanos y derechos civiles y un acuerdo general sobre la importancia de estos derechos, y la expansión de oportunidades para la educación por medio de la eliminación de barreras de discriminación racial, de sexo, y de clase socioeconómica.  Es decir: durante esta etapa había un acuerdo amplio que la seguridad verdadera sería garantizada por medio de construir sociedades que fueran más inclusivas.  Juntar el concepto de la seguridad con el de la inclusión es reconocer que la seguridad es indivisible. 

 

Esta etapa terminó en 1975 pero esto no quiere decir que la historia del avance moral de la humanidad haya terminado, aunque claro es que las acciones del gobierno de mi país representan un tremendo retroceso en este avance.  Con el rechazo a la Organización de las Naciones Unidas que hizo el gobierno estadounidense para atacar a Irak y con la aplicación de la doctrina de “las acciones militares preventivas”, hay muchos que piensan que se abrió una línea de seguimiento realmente peligrosa para el mundo.  Muchos temen la posibilidad de la internacionalización de la ley de la selva.  Por ejemplo Athanasios Hristoulas, un profesor del Instituto Tecnológico Autónomo de México, escribió lo siguiente: “’vamos a entrar a un mundo en el que los asuntos importantes serán los de seguridad.  Los estados tomarán medidas para incrementar drásticamente su seguridad y relegarán a un segundo plano los aspectos antes prioritarios, como los derechos humanos, la democratización o el comercio internacional . . . . [A]sí, estamos entrando a una nueva época en que la interacción entre los países se regirá por estas nuevas reglas; sus intereses nacionales estarán por encima del derecho internacional.  Estados Unidos dijo: “Yo haré lo que me dé la gana”.’

 

Voy a tomar la cuestión de la vista equivocada de Estados Unidos con respeto a las fuentes de la seguridad, pero primero les ofrezco algo de esperanza.  Les hago la pregunta: ¿No era el caso que, mucho más antes que este Bush fuese designado presidente de Estados Unidos, el mundo ya se había acostumbrado a la actitud estadounidense de ‘Yo haré lo que me dé la gana?’  La esperanza viene en reconocer el hecho de que muchas de las comunidades del mundo han seguido—con paciencia y determinación—actuando através de un diferente y mejor concepto acerca de cuales son las fuentes de la seguridad verdadera . . . y van a seguir continuando con esto.  Casi nunca nos enfocamos en estas medidas, pero permanecen importantes.   Voy a volver a este punto, pero primero quisiera considerar la equivocada vista estadounidense acerca de las fuentes de la seguridad. 

 

El sistema de racionalidad amoral (sin moral) contenido en el concepto de la “seguridad nacional” con el que el gobierno estadounidense está tan enamorado es y siempre ha sido una noción falsa e insuficiente, fortalecida por el excepcionalismo estadounidense que ha sido permitido florecer en parte por el accidente geográfico que Estados Unidos existe entre dos vastos océanos.  Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 debieron de haber terminado por siempre esta falsa noción.  En cambio debieron de haber fortalecido la idea de la importancia de la seguridad colectiva, pero sucedió lo contrario.  En lugar de usar el momento como una oportunidad para la salvación de la razón, Estados Unidos ha descendido a un nivel más profundo todaviá de la idiotez (una palabra que escojo precisamente porque ella denota la inhabilidad o el rechazo de comunicar con los demás).  La política oficial del Buró de Inmigración ahora se llama “Ciudadela América.”  Este nombre nos dice claramente lo que cree Estados Unidos sea la fuente de la seguridad: el poder de excluir. 

 

Desde los 80 cuando se aceptaba en Estados Unidos el modelo de neoliberalismo que hasta entonces Estados Unidos ha tratado de “compartir” con el resto del mundo, el fundamento de su seguridad ha sido una forma de exclusión. No es la seguridad mundial que pueda ser garantizada por tales medidas; al contrario, este modelo de la llamada seguridad requiere el crecimiento de la industria de prisiones, require el crecimiento del poder militar y require la guerra.  Pero al corto plazo corto, estas medidas pueden garantizar la estabilidad de Estados Unidos, que depende en sostener su nivel de vida.  Estados Unidos produce 8 millones de barriles de petróleo por dia.  Pero cada día los estadounidenses consumen 19 millones de barriles de petróleo.  Entonces el nivel de vida estadounidense—el cual no es ni sustentable a sí mismo ni generalizable al mundo entero—causa que Estados Unidos sea dependiente de muchos otros países.  Esta dependencia fuerza a Estados Unidos a tratar de imponer en otros países el modelo del neoliberalismo que posibilita un aumento en el comercio y en la actividad económica en general y un aumento específico en la inversión directa en estos países por empresas establecidas en Estados Unidos.  Como todos sabemos, la aceptación de neoliberalismo significa tales medidas como la privatización del sector público, la que incrementa el desempleo, y la reducción del seguro social y otros programas sociales tal como el apoyo del estado para educación y la salud, dejando que la gente se gane la vida como pueda.  O sea, la única forma de la inclusión en que cree Estados Unidos—la incorporación de otros países en el neoliberalismo—es obviamente a sí misma una medida que excluye.  Pero la situación es peor todavía porque el neoliberalismo requiere un fortalecimiento de los principios que por su naturaleza demandan la exclusión y que nos fuerzan a nosotros a excluir a otros.  Estos principios que se manfiestan en las leyes que garantizan el funcionamiento del capitalismo nos presentan un sistema rígido que refleja la filosofía moral del filósofo Manuel Kant, en que algunas normas son garantizadas de ser fijas e inmutables sin tener en cuenta sus consecuencias.  Antes de explicar más sobre esto quisiera tomar unos ejemplos de las características del problema desde la región de la frontera entre México y Estados Unidos donde vivo y donde trabajo como Directora del Programa de Estudios Fronterizos.

 

Estados Unidos dice que sus fronteras deben de ser impenetrables, pero que las fronteras del resto de mundo no importan nada en el sentido de que Estados Unidos se siente forzado a imponer el neoliberalismo en el resto del mundo.  Pero ¿cómo funciona este sistema en proveer la verdadera seguridad?

 

Si el mercado libre verdaderamente está funcionando y funcionando bien, ¿por qué gasta el gobierno estadounidense tantos millones de dólares en militarizar su frontera en un intento vano de evitar que los mexicanos, guatemaltecos y salvadoreños entren?  A fin de cuentas, según la ideología neoliberal, el mercado libre supuestamente requiere que la mano de obra y el capital sean igualmente libres para viajar y para entrar en contratos.  Si el mercado libre verdaderamente está funcionando, ¿por qué es que Thomson Consumer Electronics, una de las maquiladoras más grandes en Ciudad Juárez, les apunta cameras a sus trabajadores, y deja que la policia vigile los monitores, buscando evidencia de organización entre los obreros u otros tipos del llamado “desaguisado”?  A fin de cuentas, los economistas neoliberales nos dicen con gusto, el capitalismo de libre comercio supuestamente va a significar más democracia; dicen que estos dos fenómenos siempre y necesariamente vienen juntos.  El propio George Bush ha propuesto este argumento al hacer la recomendacion para la adopción de una Zona de Libre Comercio en el Medio Oriente.  Si el mercado libre verdaderamente está funcionando, ¿por qué es que niños de ambos lados de la frontera están trabajando en vez de asistir a escuela?  ¿Será falsa la promesa que el neoliberalismo nos traiga progreso, que nos saque de la Edad Media en que eran común la esclavitud y el trabajo de niños?  Estas dos censurables prácticas ya están reapareciendo por muchas partes del mundo, sobre todo en lugares donde el neoliberalismo es aceptado como la solución a la pobreza aguda y donde la gente piensa que hay grupos de personas que se puedan rechazar sin importar las consecuencias (sean estas rechazadas escogidas o por sexo o por raza o por edad).  Claro es que las estructuras que hemos diseñado para responder a las necesidades de la vida cotidiana no están funcionando.  Estas estructuras ya no sirven.  La vida cotidiana en la frontera nos recuerda constantamente que ésta es la verdad.

 

Prácticas como la esclavitud y el trabajo de niños están reapareciendo por muchas partes del mundo, a pesar de que la mayoría de gente las considera horribles y a pesar del hecho de que están explícitamente prohibidas por la ley, porque son manifestaciones de imperativos sistémicos llevados dentro de la estructura del capitalismo.  Claro que son prácticas que no son éticas, pero la modernidad, que nos presenta a nosotros en la forma de la sociedad ecónomica o comercial, nos fuerza a hacer una distincción entre lo práctico y lo ético, para que las consideraciones de la ética no se puedan entrar casi nunca cuando estamos tomando decisiones económicas.  Dentro de la sociedad económica en que vivimos, el comercio es el medio primario por el cual tratamos de satisfacer nuestras necesidades.  Las necesidades de la mayoría no pueden estar satisfechas hasta que el capital se diriga primero a la inversión y después a los sueldos.  Entonces el sistema contiene un mandato—un imperativo—que si no están satisfechos primero los requisitos del capital (digamos las condiciones en que se puede generar la ganancia máxima) pues las necesidades del pueblo no van a estar satisfechas porque sin la posibilidad de las ganancias, no hay producción.  Dentro de tal sistema, estamos amarrados a hacer cualquier cosa que sea necesaria para evitar la fuga de capitales.  Bajar los sueldos es un ejemplo, y su fin lógico es el estímulo de los sueldos más bajos posibles, es decir, la plena falta de sueldos, la que es la esclavitud.  Si queremos forzar las empresas a pagar sueldos altos o si las queremos forzar a demostrar su respecto por las regulaciones protegidas del medioambiente, enfrentaremos el problema de la fuga de capitales.  Como vemos, entonces, estos imperativos sistémicos nos castigan cuando actuamos de maneras éticas.  Además, la modernidad sustituye un sistema de la ética en el cual acciones que muchos definarían como éticas se consideran contrarias a la moral. Antes de explicar como esto sucede, dejenme ofrecer unas palabras sobre la historia de la modernidad.

 

El sistema legal que gobierna la economía global viene de una tradición legal específica: el sistema moderno de derecho privado del Occidente.  Tres de sus principios básicos evolucionaron bajo la influencia de tres máximas famosas de Roma Antigua: honeste vivere, la cual llegaba a ser el principio de la libertad; suum cuique, la cual llegaba a ser el principio de la propiedad; y pacta sunt servanda, la cual llegaba a ser el principio del contrato.  La expansión de la economía europea, que creaba la economía global, presentó un problema legal parecido a un problema que el Imperio Romano había enfrentado más de mil años antes: como se pudiera crear un sistema de leyes apropiado para organizar el comercio entre muchas distintas comunidades humanas.  La solución era un sistema de normas desguarnecidas, una mínima moralidad.  Esta mínima moralidad demandaba mucho menos que lo que demandaban los vínculos comunales que expresaban los diferentes sistemas de valores por los que vivían las diversas comunidades que fueron parte del Imperio Romano—por eso el nuevo sistema podía ser adoptado universalmente.  Esta misma mínima moralidad es la que organiza nuestro mundo; es el sistema fundador de la modernidad.

 

Un sistema que fue fundado para organizar el comercio entre extranjeros crea la ilusión de la justicia y de la seguridad, pero no puede engendrar ni la justicia ni la seguridad verdadera.  ¿Por qué?  Porque está fundado en un principio de exclusión.  Suum cuique” quiere decir “a cada quién lo suyo,” que significa que la propiedad no es un grupo funcional de instituciones, organizadas a satisfacer las necesidades de todos.  Esta moralidad mínima y rígida dice: lo que es mío es mío; y lo que es suyo es suyo.  Este tipo de llamada justicia prometa la seguridad por los que ya tienen; pero significa la exclusión por los que no tienen.

 

Este sistema de derecho estuvo apoyado por el desarrollo de la ética liberal de la modernidad.  Su fundador más influencial fue Manuel Kant en el siglo XVIII.  Kant estableció un principio del derecho universal que dice: “Actuar sólo de acuerdo a la máxima que tu puedes, pero al mismo tiempo que sea una ley universal.”   Y para enseñar lo que este principio del derecho universal significaría en práctica Kant delineó un sistema de moralidad basado en deberes estríctos.  Ejemplos de estos deberes estríctos que dió Kant fueron: 1) No prometas pagar tus deudas si no intentas hacerlo (que es equivalente a pacta sunt servanda); 2) Respeta los derechos a la propiedad (que es equivalente a suum cuique); y 3) Respeta la libertad de los demás (que es parecida a la ética de la autonomía y la dignidad en honeste vivere). 

 

¿Será el caso que estoy diciendo que la libertad sea una cosa mala?  No—pero tenemos que considerar el contexto.  En un contexto como el nuestro, la libertad presenta problemas.  ¿Qué es lo que no prometa la libertad?  Actualmente la mayoría de gente en todas las partes del mundo dependemos, para conseguir acceso a las necesidades de la vida, en vender nuestros servicios en el mercado laboral.  Es un hecho general y estructural de la sociedad económica que no hay garantía que los servicios y las habilidades que ofrecemos a vender encuentren a quien que los comprará.  Es decir, la libertad significa que los compradores potenciales son libres a comprar o a no comprar.  Entonces más libertad puede significar por los negocios un aumento en ganancias pero por el pueblo este concepto de la libertad significa una inseguridad más profunda todavía.  La libertad se burla de la obligación.

 

Esta ética estricta de la modernidad, parecida en forma y contenido a las leyes comerciales que gobiernan las economías capitalistas significa una trampa para la democracia.  ¿Por qué?  Porque la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo.  Y como gobierno para el pueblo, la democracia busca medidas para transformar la realidad económica.  Transformar la realidad económica quiere decir modificar los derechos de la propiedad, re-estructurar los deberes contractuales, requerir más responsabilidad social.  Por eso, una ética que transforma los principios comerciales de la modernidad en una ley universal de lo bueno y lo malo paraliza la democracia.

 

Cuando líderes democráticos y progresistas buscan reformar las relaciones económicas, lo que hacen se declara inmoral.  Líderes democráticos que buscan medidas para parar la fuga de capitales se catalogan como violadores de derechos y libertades fundamentales.  Modificar los derechos de propiedad y de contractos se defina como el robo, o como la tiranía, o ambos.  Requerir la responsabilidad se define como quitar la libertad.  Y, como estos líderes democráticos se definen como amenazas a los derechos fundamentales de otra gente, facilmente se encuentran pretextos para quitar a ellos sus derechos—por ejemplo el derecho de ser libre de arresto arbitrario, o el derecho de seguir desempeñando los cargos a los cuales han sido elegidos constitucionalmente.

 

Es verdad que los principios de la democracia conceden al pueblo el poder de hacer las leyes.  Debe de ser posible, entonces, que la democracia pudiera cambiar el principio de suum cuique.  Según la teoría, la democracia puede crear de nuevo comunidades diversas donde sean incluidos todos, donde la función de las instituciones sociales, incluso la de la propiedad, sea para colaborarse a satisfacer las necesidades de todos.  Eso sería la justicia y la seguridad verdadera y no solamente la ilusión de estas.  Pero como ya hemos visto, esta proposición es algo peligroso por los problemas que puede traer como la fuga de capitales, el corte de la inversión, la escasez de bienes, el sufrimiento del pueblo, y la llegada espantosa del Fondo Monetario Internacional con su maleta de soluciones ya bien conocidas.  Los imperativos sistémicos que he mencionado seguirán por gobernar la economía global siempre que y tanto como la gente esté libre de hacer lo que quiera hacer con su propiedad, sin consecuencia; siempre que y tanto como lo que quieran hacer los dueños de la propiedad es sacar de ella las ganancias; y siempre que y tanto como los medios de vida de todo el mundo dependa en la cuestión de que si los dueños obtengan las ganancias que quieren o no.   

 

Los economistas hablan de “leyes económicas” (como la ley de la oferta y de la demanda) como si fueran leyes de la física.  Pero hay una diferencia importante entre los dos.  La física trata de leyes universales que descubrieron los seres humanos.  La economía trata de leyes impermanentes que diseñaron—que construyeron—los seres humanos.  Así que el sistema económica es—como diría Paulo Freire—parte de la cultura, y no de la naturaleza.  Entender el sistema económico como una construcción cultural es el primer paso hacia los cambios que pueden engendrar más seguridad para todos.  Así como es verdad que lo que es natural no puede ser cambiado, también es cierto, por definición, que lo que es cultural puede ser modificado.  Es decir—y no creo que pudiera enfatizarlo bastante—la cultura es el problema y ella a la vez es la solución.  Este es el punto clave.

 

Entonces, con estas palabras no estamos abogando por el derrocamiento del capitalismo.  En absoluto.  Lo que sí abogamos es la reforma de nuestras instituciones culturales para que las ganancias no sean el único motor que impulse la producción.  El modelo que nos enseña como obtener la seguridad verdadera es el modelo que nos enseñan muchos pueblos del mundo actualmente y diariamente en su búsqueda de los medios para satisfacer sus necesidades ante un sistema económico que no les sirve.  En esta búsqueda, mucha gente acude a formas colectivas de apoyo y ayuda.  Muchas de estas formas colectivas de apoyo suben de dos instituciones sociales que son muchos más ancianas que o el capitalismo o el estado.  Estoy hablando de la familia, por un lado (la que incluye en algunos casos el pueblo entero o la comunidad entera), y, por otro lado, las instituciones religiosas: la iglesia, la sinagoga, la mezquita, la sangha, etc.  Estas instituciones no sólo han demostrado que sirven para satisfacer las necesidades cuando y donde no sirve la sociedad económica sino también nos dejan a actuar conforme a una ética más profunda y nos apoyamos en este deseo.  Estamos de acuerdo con el filósofo Kant cuando él dice que para asegurar la paz y la seguridad se necesita una racionalidad moral, pero él se equivocó en buscar la fundación de tal racionalidad moral en los principios comerciales—la mínima moralidad—de la modernidad.  Kant la debía de haber buscado en la sabiduría del mundo antiguo.  Dar un regalo, echar la mano a otro, esto nos da gusto, como todos sabemos.  Esto nos enseñan las culturas antiguas, pero también sentimos en los corazones que esto es la verdad.  Aunque nuestra cultura económica, nuestra cultura de la modernidad, nos dice que no, y nos castiga por regalar en vez de vender, hay que tomar en cuenta que cronológicamente, nuestra cultura de la modernidad representa en el tiempo la minoría. 

 

Lo que necesitamos es una racionalidad moral y cariñosa, una ética que sea a la vez más flexible y más exigente que la ética de la modernidad.  Debe de exigir, por encima de todo, la responsabilidad social y el respeto mútuo.  Mi compañero de obra Howard Richards y yo hemos puesto un nombre a tal racionaliad moral: la llamamos la ética del amor.  Cabe decir que la ética del amor es una ética y no es un sentimiento.  Es una norma general que dice que las instituciones deben funcionar a satisfacer las necesidades básicas de la humanidad y del medioambiente.  Entonces a los que dicen que la naturaleza humana no sea bastante buena para llevar a cabo una ética del amor, nosotros los ofrecemos dos respuestas: en primer lugar, tan pronto como están construidas estas instituciones pues si tales fulanos quieren actuar como si fueran sinvergüenzas no va a importar tanto como importa actualmente.  En segundo lugar, en nivel pragmático se debe reconocer que se sirve el interés propio en el aspecto de que la creación de tales instituciones acrecentará la seguridad de todos. 

 

Así que, basado en la comprensión de que las comunidades locales son las que tienen el mejor entendimiento de cuales son sus necesidades y cuales son las capacidades no utilizadas que se puedan utilizar para alcanzar la meta de satisfacer sus necesidades, abogamos por la construcción de estructuras culturales que dejen que funcionen otros medios para satisfacer las necesidades al lado de la fuerza motriz de maximizar las ganancias.  Esto nos garantizaría la auténtica seguridad.  En rumbo hacia esta nueva cultura, podemos averigüar si estamos ayudando a engendrarla o no, al hacernos las siguientes preguntas: ¿Cómo estamos transformando el entendimiento de la gente en cuanto los derechos y obligaciones que conlleva la propiedad?  ¿Cómo nos estamos moviendo más allá de una relación de mercado contractual basada en un interés mutuo y hacia comunidades humanas basadas en las normas que funcionan para cuidar de todos?  ¿Cómo nos estamos haciendo más responsables y considerados en el ejercicio de nuestras libertades? 

 

Y les dejo con una pregunta final: ¿Cómo podemos transformar la sociedad económica para hacerla más justa, mientras al mismo tiempo podamos convivir con los imperativos sistémicos de la sociedad económica tal como está?  No tengo la respuesta definitiva a esta pregunta.  A lo mejor Uds. sí la tienen, o por lo menos tienen algunas ideas hermosas que están expresadas en el proyecto de las Ciudades Educadoras porque pues la verdad es que vine para aprender y no tanto para enseñar. 

 

Les agradezco mucho la atención.